Este ensayo es un breve texto de Antonio Romera sobre la obra de Carlos Hermosilla en el marco de su participación en la IV Bienal Americana del Grabado (Santiago, 1970), uno de cuyos ejes temáticos fue el grabado popular. Además de la inclusión de Hermosilla, hubo las de Carlos González (chileno) y de José Guadalupe Posada (mexicano); entre ellas es posible establecer nexos entre representación e imaginarios populares. Romera reconoce a Hermosilla como el “adelantado del arte de grabar”, una noción que retomará (en 2003) Hugo Rivera. Por otra parte, la fecha de la muestra coincide con el triunfo de la Unidad Popular que, democráticamente, elige a Salvador Allende como presidente de Chile. Posteriormente, en 1971, el mandatario le entregará a Hermosilla el premio “Artista del pueblo”, lo cual traerá consecuencias políticas para el grabador tras el levantamiento castrense de 1973. El autor destaca cómo Hermosilla, alejado del medio artístico santiaguino (y operando desde Valparaíso), ha logrado imponer su calidad. Paralelamente, Romera lo caracterizará bajo la figura del animador, de formador en el campo del arte; sobre todo en un país como Chile donde no existía la práctica del grabado y, a su juicio, “eso tiene un nombre: precursor”.