Este texto y el catálogo en el que se incluye representan un momento crucial en los procesos plásticos y reflexivos de Carlos Cruz-Diez (1923-2019). A modo de manifiesto busca la manera de conciliar los dos mundos en los que se debate: pintura representativa que exprese valores identitarios “americanos” en lucha contra las injusticias socio-económicas y la abstracción geométrica donde da sus primeros pasos. La pintura “no figurativa” (según la denomina), ha abierto posibilidades futuras por ser expresión de la era industrial. De ello parece convencido, aunque la abstracción le parezca expresión plástica encerrada en su torre de marfil, sin una verdadera dimensión humanista. Manifiesta, entonces, que tanto la lógica museológica como la de una pintura de caballete deben ser superadas si se piensa en “su utilidad”, destacando. el valor estético de nuestras viviendas y urbes modernas. Enfatiza esa utilidad que interviene en la vida moderna, tanto a nivel arquitectónico como industrial.
Es más, el artista no sólo debe responder a esa responsabilidad histórica con su época; su producción debe ser expresión popular y, en su caso, “de lo auténticamente americano”. Con ello, intenta conciliar las posiciones de sus amigos comunistas, quienes desprecian las expresiones abstractas por considerarlas “importadas”, además de ajenas a las realidades circundante en Caracas (y en general en Venezuela). Siendo un creador comprometido, el artista debe contribuir a transformar la sociedad, integrándose a esa búsqueda moderna de invención plástica, universal. Cruz-Diez intenta expresar los valores “americanos”, a cuyo abandono se resiste todavía, usando su concepto de “el signo” de depuración es más general y expresiva, idónea para “un arte visual”.
La lista de obras que acompaña al texto enfatiza esa voluntad de embellecer la vida cotidiana de las urbes modernas, concibiendo sus “signos” como elementos propicios para rejas, muros y ventanas.